Las dos caras de una misma moneda

Mientras gran parte de la ciudad lleva horas en brazos de Morfeo, yo llevo en vilo toda la noche, debido a que el dios de los sueños pasó de largo al llegar a mi habitación, pues vio que las dichosas rameras llamadas alma y corazón preferían divertirse a costa de mi falta total de sueño y de una cada vez más profunda confusión. Una confusión que me desorienta y me hace vulnerable ante hienas sin escrúpulos que se aprovechan de mi debilidad para intentar hacerme ver una realidad que no es tal. Pero dicha confusión también provoca que este osito de peluche, como alguien me llamó una vez, enseñe los dientes, alce las garras y destroce todo lo que hay alrededor.

Sinceramente, no puedo distinguir si estoy justo en el ojo del huracán y todo mi alrededor está destrozado, o si voy cual kamikaze directo hacia un tornado devastador que me llevará a la perdición. Puede que me equivoque, o puede que no, pero últimamente tengo una percepción de mi realidad que podría comparar con las caras de una moneda. Por un lado está el lado en el que hago de niño bueno, inocente y tonto de remate, permitiendo que mis sentimientos sean violados y, aunque duele admitirlo, hasta disfrutando de tan sórdida situación. Pero cuando la moneda cae del otro lado, entra en escena mi álter ego. Un ser que transforma la dulzura en ira, la inocencia en juego sucio y la permisividad ante cualquier vejación moral en la personificación de la destrucción y del ensañamiento. Y justo en el canto, más fino que una hoja de papel, me encuentro yo haciendo malabares para no acabar cayendo al abismo, mientras la moneda no para de girar, de caer en un lado o en otro y de volver a ser lanzada.

Afrontar las consecuencias de mis actos es una de mis obligaciones morales, tanto conmigo mismo como con quienes se hayan envuelto en éstos, independientemente de la cara de la moneda en la que haya cometido mis pecados. Podría ser otro talón de Aquiles, pero, sorprendentemente, también me ayuda a arrojar algo de lucidez y visibilidad. Dichos momentos de lucidez y visibilidad hacen que perciba la realidad de manera más realista, valga la redundancia. Y he aquí el quid de la cuestión, pues no es lo mismo jugar a la ruleta rusa a ciegas que pudiendo intuir donde está la bala. Siento que, aunque mi cuerpo y mi mente sucumban a la ley dictada por la cara de la moneda que prevalezca, puedo vislumbrar quiénes se aprovechan cuando actúo como un pardillo y quiénes no intentan detenerme cuando me transformo en una bestia. O lo que es lo mismo, quién me demuestra que le importo y quién no.

No es cuestión de llevar la misma sangre. No es cuestión de que, porque otrora hayamos tenido cualquier tipo de relación, ésta siga prevaleciendo porque sí. Es cuestión de demostrar con hechos lo que se dice con palabras. Es cuestión de que haya una sinceridad absoluta, explícita e implícita. Es cuestión, básicamente, de respeto. Un respeto que, considero, no sólo se ha de ganar, sino que también se ha de mantener. Y se ha de mantener porque, sencilla y brutalmente, el respeto es indispensable en cualquier tipo de relación. A mi modo de ver, y es así como lo aplico, quien se gana y mantiene mi respeto se gana un amigo fiel y leal. Quien lo pierde, no sólo pierde mi amistad, sino que puede darse el caso de que también pierda otras. Al igual que, quienes perdieron el respeto a mis amigos, dejaron de ser también amigos míos.

Todo esto mezclado, que no es poco, lleva a una tormenta de sentimientos un tanto radical, en la cual me he tenido que amoldar a las malas, pues es la única opción viable de seguir algo cuerdo. Una tempestad que se ha transformado en mi forma de ver y vivir la vida, pero que también me quema por fuera y por dentro. Algo que requiere mantenerse en pie encima de una casi imperceptible línea. Un equilibrio que sólo puedo mantener mediante la maldita moneda y sus dos caras. Porque, para mi suerte o para mi desgracia, yo soy la propia moneda. Y de como caiga depende si tú juegas conmigo o yo acabo contigo.

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