Revólver o revolver

Hace tiempo dejé de contar los días que lleva mi interior aclimatándose a temperaturas que rozan el cero absoluto. He olvidado lo que significa sonreír y llorar. Incluso me invade la duda de si puedo seguir sintiendo algo, cualquier cosa. Es por ello que, a veces, siento tanto frío que necesito jugar con fuego para calentarme.

Un día, cansado y dolido por recibir de tu parte una serie de puñaladas en el corazón y en el alma, te mando a la mierda. Pasan semanas, meses, años incluso, hasta que vuelves a saber de mí. Al principio me hago el duro. Luego el blando. Por primera vez caes en un juego en el que tú no pones las reglas, sino que las pongo yo. Pero, como niño caprichoso tras pasadas un par de semanas después de Reyes, me aburro del juguete en el que te he transformado. Ya no me haces falta, así que vuelvo a mandarte a la mierda. Pero antes de hacerlo, te concedo mi perdón. Ese perdón que no pude concederte ayer, para alimentar y hacer crecer en mi interior el odio, la ira y las ganas de jugar contigo.

Sí, es un juego peligroso, a la par que deleznable y asqueroso. Es como un revólver usado en una ruleta rusa, destapando las seseras de gente sin cerebro. O más bien es como el jarabe de ipecacuana, capaz de revolver el estómago de gente sin escrúpulos. Es un juego que da asco y reparo, pero te hace sentir liberado. Liberar toda la destrucción acumulada durante mucho tiempo, para luego encontrar una paz que se asemeja a la que hay tras el paso de un huracán.

Todo gira como el tambor de un revólver. Todo se revuelve como un perro apaleado. Hoy te digo que dejo de entrar aquí porque me aburro y me aburres. Mañana regreso, pongo carita de niño arrepentido y dejo que vuelvas a caer en el mismo juego una vez más. Así hasta que vuelva a parecerme monótono el entrar y hablar contigo, y vuelva a mandarte a la mierda. Pero antes de hacerlo, te pido e imploro perdón. Ese perdón que seguro me concederás mañana, porque así crees que volveré a recobrar las ganas de jugar a este estúpido juego, con el cual, un día de estos, puede que acabe quemado.

¿Cuándo dejaré por y para siempre de jugar con fuego? No lo sé. Quizás cuando se acaben las balas del revólver. O cuando este juego se revuelva contra mí. O, simplemente, cuando me canse de jugar de una vez por todas. El tiempo lo dirá y me pondrá en un lugar.

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